Reflexiones a propósito del concepto de Identidad

Tomado de : Historia y Cultura del Pueblo Olo Tule de Ipkikuntiwala. Colección de Autores Antioqueños. Medellín, 2010. Autor: Iván Darío Espinosa Peláez.

1.1.2 El Encuentro de Identidades

Queremos enriquecer nuestra mirada al pueblo /Olo Tule/ de /Ipkikuntiwala/ haciendo una reflexión sobre la identidad y sus diferentes esferas de representación, pues consideramos que el relacionamiento interétnico permanente que se da en la zona norte de Urabá, es ante todo un encuentro de identidades.

El ámbito de la identidad es la “mismidad”, donde preguntas tales como ¿quién soy?, ¿Quiénes somos?, son fundamentales en las construcciones identitarias; es pues aquello que nos constituye como tal y nos diferencia de los otros, lo cual supone un aspecto de “permanencia” relativa o de continuidad histórica[1]. Se trata pues de una auto-identificación que a nuestro modo de ver es de carácter histórico social.

Definir el concepto de identidad involucra el ejercicio de aprehender la imagen de un pueblo o de una nación, tratando de establecer las características que han llegado a ser comunes y aceptadas por dicha sociedad; es una manera de identificar los rasgos culturales que caracterizan a una sociedad  o a una nación, que son determinados desde sus interrelaciones e interacciones entre lo individual y lo social.  Por lo tanto, identidad no significa anulación de identidades particulares sino, más bien, integración con sus particulares diferenciaciones[2].

El concepto de identidad en materia cultural sirve para designar un sistema dinámico de auto-reconocimiento, tal como hace uso de él un grupo que está permanente en cambio. Cada cultura tiene una forma propia de distinguir a sus miembros de los que no lo son y la identidad juega un papel importante en la auto-adscripción y la auto-exclusión[3].  En el presente estudio asumimos la identidad cultural como

“Un conjunto de elementos que, asimilados, contribuyen en la concepción del mundo; del pensar; hablar; de comunicación; de valoración propia y de grupo; de comportamiento, que contribuyen para que aquélla esté en un proceso de desarrollo perenne. Una identidad cultural estaría formada, entonces, por aquellos rasgos que se constituyen en diferenciadores de otras culturas, en momentos y lugares determinados, en la cual se ha asimilado socialmente el cambio. Esto no implica que aspectos de un pasado se excluyan en pro de un cambio presente, puesto que dicho pasado forma parte de la línea horizonte de un ser y que, por fenómeno de repercusión, su historia se encuentra asimilada en un presente a los valores esenciales de dicha cultura”[4].

Se ha sugerido que una de las características de las identidades culturales es la definición de quiénes hacen parte de ese conglomerado humano que comparten valores, dándole a éstos una serie de privilegios, presentándose así mismo una contrapartida de una serie de discriminaciones para quienes no los comparten. Con relación a lo anterior, es posible afirmar que

Una identidad es, por una lado, una forma de vida de acuerdo con ciertos valores; y, por otro, un sistema de privilegios y exclusiones. El concepto de cultura incluye prescripciones de comportamiento y pensamiento y sanciones para quienes no cumplen con lo exigido. El umbral de tolerancia para incluir o excluir ciertos comportamientos o valores no pueden ser predefinidos, sino que son fruto de la misma prescripción cultural y se modifica continuamente[5].

Así mismo, se ha planteado que la identidad cultural se estructura

“[…] sobre la base de vivencias compartidas; de afinidades, de sentimientos y emociones; de experiencias que han otorgado una determinada visión de mundo, comunicando ideales de significatividad vital cuyo arranque está en una misma raíz histórica particular[6]”.

Las diferentes posturas sobre el concepto de identidad coinciden en otorgarle una pluralidad de rasgos culturales, políticos y económicos; así mismo, se han considerado factores históricos, lingüísticos, territoriales e ideológicos[7]. No se puede perder de vista que este concepto se presenta como una construcción cultural del hombre y como tal susceptible de evolucionar en función del marco histórico de cada momento[8]. Hay que tener presente que el espacio en donde se configuran y actúan las identidades es el del “imaginario colectivo” y en ese entorno territorial confluyen todas las formas de percepción posibles, tanto las de auto-percepción, como las de apreciaciones del “otro”; en estos espacios comunes se dan las variadas percepciones de lo que significa ser indígena, ser ciudadano, habitante de lo rural o de lo urbano, ser hombre o ser mujer [9]. Con relación a lo anterior, se afirma que:

“Las identidades particulares, personales y colectivas son también, y no sólo, el resultado de la asignación de lugares efectuada por el orden simbólico, de modo que la percepción de un sujeto o un colectivo, pertenecientes a cierto género, se produce como el efecto secundario de una labor ordinal que le precede. Los elementos simbólicos que llevan a asociar a cierta persona con un género u otro son culturalmente específicos. […][10]

De lo anterior queda claro que este encuentro de identidades que se presenta en la zona norte de Urabá por la confluencia de varios grupos étnico-culturales, se realiza sobre un territorio concreto semantizado y simbolizado desde diferentes marcos interpretativos, étnicos y culturales; el reto pues se centra en hacer una conjugación de estas representaciones y lograr la aceptación de las nuevas características del territorio por todos los conglomerados que co-habitan esta región.

La identidad como concepto social y cultural tiene múltiples esferas de aplicación, pues puede ir de lo étnico, hasta lo individual, pasando por concepciones relacionadas con la familia, la región y la nación, entre otras, lo que implica una identificación para cada grupo de cada una de estas esferas. Con relación a este aspecto, se afirma que

“A la humanidad no se llega por cualquier camino. Hay una serie de círculos concéntricos: familia, ciudad, nación, raza, cultura, que no se pueden brincar —a menos de ser hijo de incubadora— en el proceso de humanización”[11].

También se ha postulado que la identidad

“[…] contiene dos dimensiones: la personal o individual y social o colectiva. El diferenciar estas dimensiones no quiere decir que sean excluyentes. Ambas están interrelacionadas. De ahí que se sostenga que son dimensiones de un mismo e inclusivo fenómeno situado en diferentes niveles de realización. El nivel individual y el nivel colectivo, plano en el que la identidad social se edifica y se realiza”[12].

Puede considerarse entonces que la identidad es como aquellos caleidoscopios con los que jugábamos cuando éramos niños, que contienen elementos básicos constitutivos, pero en la medida que entran en contacto unos y con otros, cambian de forma desplegando una variedad de facetas multicolores. Algo de resaltar es que al igual que la identidad, con el calidoscopio, el juego nunca termina, sino que se transforma en arte y la identidad se revela única, cambiante, sorprendente y maravillosa cada vez que la intentamos apreciar[13].

La identidad, sin embargo, tiene una contrapartida, la cual se manifiesta no solo en la demanda de afectos por parte de sus miembros, sino en la demanda de una solidaridad incondicional[14].

“Hacer que en una nación donde subsisten distintas identidades étnicas se produzca una solidaridad entre ellas, supone desplazar las posibilidades de antagonismo hacia otros aspectos… Toda distinción identitaria puede llevar a conflictos graves, pero al mismo tiempo, su flexibilidad abre las puertas a una enorme gama de redefinición de los antagonismos, es decir, abre las puertas a las posibilidades de colaboración interétnica”[15].

Para plantearlo en términos cercanos a los utilizados por Habermas, la convivencia interétnica es un tema de comunicación, pero en el sentido que le da él, es decir, de acuerdo de las voluntades, acuerdo que supone una aceptación razonada tanto del cambio como de la permanencia[16].

La lengua como mecanismo de comunicación, se convierte en la esfera mayor de la identidad, pues los idiomas no sólo limitan las transferencias de ideas, sino que actúan como fronteras de la representación y la praxis. En este sentido las comunidades no indígenas que habitan el norte de Urabá y tienen un mismo idioma, comparten una identidad Iberoamericana. Esta esfera de la identidad se presenta como algo que las (o nos) rodea y con lo cual se convive en forma constante; se convierte en una realidad histórico-social, compuesta por un conjunto de pueblos —o naciones— que viven en diversos territorios, pero que tienen un modo de ser análogo, compartiendo, a parte de una lengua, criterios de moralidad y en la mayoría de los casos, una religiosidad. En este sentido se ha firmado que 

La Hispanidad no es ni ente sensible, ni ente psicológico, ni ente ideal, sino ente cultural  […] no es tan solo un fruto o producto de un factible. Es, antes que eso y de manera radical, una cosmovisión. […] En ella caben no solo conocimientos, sino también deseos, anhelos, esperanzas, necesidades del sentido y de la vida [17] .

De otro lado, no se puede confundir la  “Hispanidad” con la Españolidad, pues con la palabra Hispanidad, se ha querido indicar a un conglomerado de pueblos, no necesariamente ligados racialmente, sino con fuertes vínculos históricos,  morales y culturales, con estilos de vida análogos[18].

De otro lado, se encuentra el pueblo /Tule/ de /Ipkikuntiwala/ que posee una identidad lingüística diferente a los de los habitantes no indígenas de la zona, creando una fuerte barrera en la comunicación, no solo por la fonología, gramática, fonética y semántica, sino por el sentido mismo de la significación, donde las palabras aluden a una relación permanente con los hechos cosmogónicos y teológicos, que le otorgan un particular sentido al hecho de la comunicación. Durante el trabajo de campo, la barrera lingüística fue un hecho y los interpretes indígenas hablaban, no de una traducción, sino de una interpretación, pues los lenguajes metafóricos que utilizan los habitantes más antiguos de la comunidad, en su comunicación cotidiana, no tienen una traducción a nuestra lengua castellana.  Su comunidad de sentido, en términos lingüísticos, es compartida con los habitantes /Tule/ de /Makilakundiwala/ (Arquía, Choco) y todos los /Tulemal/ de las comarcas panameñas de San Blas y la cuenca del Pacífico.

En el caso particular de los /Tule/, existe una correspondencia total entre la identidad lingüística y la identidad étnica, situación que no se presenta  entre los otros pobladores no indígenas del área, los cuales corresponden a múltiples orígenes étnicos y, en muchos aspectos, no comparten patrones culturales.

Esta situación se convierte en un reto para este encuentro de identidades, pues se debe tener la disponibilidad de los tiempos necesarios para que el entendimiento entre las partes se dé de forma satisfactoria y se supere la barrera de comunicación impuesta por las diferentes identidades lingüísticas.

Después de abordar los aspectos lingüísticos y siguiendo por los círculos concéntricos de las identidades, nos encontramos frente el fenómeno de “lo latinoamericano”, donde los aspectos identitarios que aglutinan a los pueblos que habitan este sub-continente, son bastante frágiles, quizás por que sea aún un proceso en construcción, o más bien en “re-construcción”. Se ha afirmado que el concepto común de identidad entre las sociedades latinoamericanas esta estrechamente relacionado con un sentimiento de soledad, la mezcla racial y la dependencia cultural[19].  El famoso ensayo “El laberinto de la soledad” escrito por Octavio Paz, nos da un acercamiento histórico de este sentimiento de soledad que los latinoamericanos experimentan (o experimentamos). Con relación a la dependencia cultural, José Martí (escritor cubano), en su ensayo “Nuestra América”, expresó que los Latinoamericanos somos muñecos de trapo, con pantalón inglés, suéter de París, chaqueta de los Estados Unidos y sombrero de España.

Es obvio que este sentimiento de soledad y la dependencia cultural de las naciones latinoamericanas, refleja una crisis identitaria de estos pueblos que no les permite visualizar claramente su postura frente al desarrollo; esta situación es un campo de cultivo apropiado para que haga carrera la teoría de modernización, también llamada teoría del desarrollo, que se basa en una perspectiva etnocéntrica y supone el proceso de modernización, descrito como la ingestión de los rasgos actitudinales occidentales del racionalismo, el instrumentalismo, la orientación al logro, entre otros.[20]. Como se puede notar, la mayor parte de estas concepciones tienen sus raíces en la perspectiva occidental que arrogantemente atribuye el retraso a la falta de rasgos actitudinales occidentalizados en las gentes de Latinoamérica y el Caribe[21].

Disminuyendo la escala de los círculos concéntricos de las identidades, encontramos las concepciones de lo nacional, como esferas de aglutinación de los conglomerados humanos. La nación puede ser entendida como una construcción social e histórica, que sustentan los estados y se ha tratado de convertir en el referente dominante para darle sentido a los procesos de producción y reproducción social. Los “estado-nación” son el resultado de configuraciones geopolíticas que se sustentan en un marco explicativo de la historia contemporánea[22].

Desde una perspectiva de la democracia liberal se tiende a limitar la identidad nacional a una cultura homogeneizante y excluyente, semejante a la que produce la democracia autoritaria. Esta homogeneización excluyente constituye un factor que merma las bases mismas de la democracia, como lo son la pluralidad de intereses, tradiciones y opiniones que debaten en el espacio público y conforman el legítimo poder político. Con relación a lo anterior, se plantea:

“En oposición al modelo democrático liberal, el republicano no afirma como principio fundamental la igualdad, sino el reconocimiento de las identidades culturales diversas. Este principio pone el énfasis en la igualdad de valor y de respeto en las comunidades y, de modo secundario, en el individuo. Esta prioridad se debe precisamente a que la tradición republicana concibe al individuo como miembro de una comunidad, de una cultura que le precede y dentro de la cual define su curso de vida, sus valores fundamentales, sus derechos básicos como persona. […] Desde la perspectiva republicana los derechos, la legislación y el ámbito de competencia del poder político se adecuan a las identidades culturales, y no al revés, como sucede en la democracia autoritaria y en la liberal, con diferencia de grados”[23].

Podemos afirmar que el Estado colombiano, al igual que muchos otros latinoamericanos, aunque logró conformar una comunidad nacional imaginada, no ha podido borrar las antiguas nacionalidades presentes en nuestra diversidad cultural indígena, afrodescendiente y mestiza, lo que nos lleva a considerar que  dentro del proyecto nacional, participan diversos proyectos de nación que inciden en la definición de los sentidos colectivos[24].

La identidad  de las naciones latinoamericanas se encuentra en una encrucijada donde la tensión de la tradición y la innovación, no atina una salida apropiada a sus realidades sociales y multiculturales; sin una salida desde lo “propio”, acuden a modelos exógenos, como la “teoría del desarrollo”, también conocida como la teoría de la “dependencia”[25].

Al tratar entonces de definir la identidad nacional colombiana, tendríamos que afirmar como magistralmente lo hizo el Historiador Víctor Álvarez, cuando refutando el punto de vista de muchos antropólogos asintió: “si se trata de definir la identidad colombiana, hagamos una sumatoria”.  Esta postura nos pone a pensar en la pluralidad de identidades que se encuentran involucradas en la zona norte de Urabá. No es posible entonces para entender al pueblo /Olo Tule/ de /Ipkikuntiwala/ en su contexto territorial, partir del hecho de intereses comunes desde el reconocimiento de una identidad nacional, por que simplemente ésta no existe; igualmente, y reconociendo la realidad de pluralidad de intereses en la zona, a partir de la multiplicidad de identidades presentes, se hace necesario superar las posturas integracionistas, que traerían como resultado, la exclusión de algunos participantes en las determinaciones sobre las características de la zona norte de Urabá.

Proponemos entonces que se parta de los principios de “la democracia republicana”, que hace un reconocimiento explicito de la diversidad de identidades que conforman las nacionalidades; esto quiere decir, en términos culturales, el reconocimiento de que el Estado Colombiano está conformado por diferentes nacionalidades, cada una de las cuales posee valores propios que son igualmente validos. En este sentido, aunque los /Tule/ de /Ipkikuntiwala/ son consientes de estar insertos territorialmente en un país llamado Colombia, también lo son de que ellos, sumados a los otros habitantes /Tule/ del Chocó y Panamá, conforman una nación que nada tiene que ver con la mal llamada “nacionalidad colombiana”[26].

Quizás, estos intentos de reconocimiento de múltiples identidades de nuestro país, nos permitan en un futuro superar los rumbos predominantes de dependencia de las perspectivas de desarrollo, para pasar al tan anhelado “enfoque propio”, desde un verdadero reconocimiento de la conformación multiétnica y pluricultural, a las que alude la Constitución Colombiana.

Pasando a otra esfera de la discusión, encontramos que la identidad es de naturaleza dinámica, por lo que no es extraño  encontrar grupos humanos  auto-nominándose con el mismo nombre que sus antepasados y que, sin embargo, se hayan sometido a fuertes cambios culturales o a la incorporación de elementos de otras culturas[27].

Desde una perspectiva histórica, la identidad es uno de los aspectos más flexibles y a la vez más rígidos de una cultura; de otro lado, las identidades no pueden ser fijadas a priori ni tampoco de forma absoluta, de manera que aquello que se considera parte de ella,  puede ser considerado ajeno a ésta muy poco después.

La identidad es Flexible, porque nada impide que se modifique y en este sentido, posee un “comportamiento” similar al de los signos lingüísticos, donde el significado y la palabra que lo designa tienen un vínculo arbitrario que puede cambiar en todo momento y en todo lugar. Todo esto lleva a identificar en las identidades una tendencia espontánea a la modificación y todo intento por convertirla en algo fijo requiere un esfuerzo constante de adecuación a las formas de comprender los mismos hechos a lo largo del tiempo[28].

Teniendo en cuenta lo anterior, cabe preguntarnos: ¿por qué, a pesar de su mutabilidad, la identidad perdura? Una aproximación a la respuesta también la podemos encontrar en la lingüística, pues, al igual que los signos lingüísticos, las marcas de identidad cultural son arbitrarias. No hay razón alguna para que una marca de identidad sea considerada como más propia que otra. Teniendo en cuenta la mutabilidad de la identidad, es posible introducir en ellas nuevos componentes, pero esto requiere de una estrategia de convencimiento que actúe dentro del marco cultural de referencia, garantizando que todos los individuos que representa se apropien de ese nuevo elemento y que por lo demás le impriman una significación dentro de su mundo de la representación y de la praxis. Esta situación se ha ejemplificado de la siguiente forma:

“Este dinamismo natural de la identidad permite comprender, respecto de los pueblos originarios, que nada impida que uno de sus miembros actuales, que circula en automóvil y se comunica por internet, siga sintiéndose idéntico a sus antepasados de varios siglos. Es que la identidad no se construye sobre hechos, ni sobre proximidad geográfica, sino sobre interpretaciones de hechos, sobre focos de atención cultural, sobre un sentirse parte de una tendencia cuya naturaleza es móvil y por ello mismo se puede actualizar, de tal forma de hacerla viva y cercana a pesar de su distancia. Por ello la distancia temporal o geográfica en relación al foco de identidad sobre el que se pone la atención poco importa”[29].

Teniendo en cuenta la perspectiva de mutabilidad y adaptación de la identidad, es posible afirmar que su permanencia no se debe a razones, sino al hecho de que los valores culturales son arbitrarios, ya que las “razones” para permanecer o variar sólo pasan a ser válidas una vez que han sido aceptadas[30]. En este sentido, los miembros de la etnia /Tule/ tienen un modo de vida particular que es confirmada por su cultura  y jamás verán razones válidas para abandonar su forma de vida, porque ésta tradición les dice, justamente, que su cultura es válida. Si algún día deciden transformarla parcialmente, es por que encuentran para ello razones que pueden ser explicadas desde su universo. En este proceso de encuentro de identidades que se da en el Norte de Urabá, hay que buscar las estrategias que permitan la negociación de esas razones validas desde la perspectiva cosmogónica y teológica de los diferentes grupos étnico-culturales allí asentados, para que el hecho concreto de la planeación del desarrollo territorial de esta región sea adecuadamente incorporado a la identidad de los diferentes grupos que tiene su asiento en ella.

Con relación a lo anterior, se ha afirmado que uno de los primeros problemas que hay que vencer cuando se trata de poner en relación distintas identidades es la dificultad de que

“[…] una logre escuchar y comprender la palabra de la otra, en especial en aquellos aspectos que considera más relevantes. Esto sólo es posible sobre una doble base. Por una parte, se requiere tomar distancia respecto de la propia cultura mediante una forma de suspensión de juicio, condición para que los valores de la otra cultura puedan adquirir sentido a los ojos de la primera. Y, por otra, se requiere aceptar la naturaleza dinámica de la identidad”[31] .

Las transformaciones  y los cambios de las identidades en grupos culturales tradicionales, son difícilmente observables por un espectador que las mire desde adentro, pues esas transmutaciones sólo son perceptibles a nivel trans-generacional; si fuese posible fijar las culturas en un registro trans-generacional, lo primero que constataríamos sería su modificación continua[32].

[1] Llanquileo, 1994.

[2] Sasso, 1998.

[3] Neira; 2001.

[4] Sasso, 1998.

[5] Neira, 2001.

[6] Sasso, 1998.

[7] Sánchez, 2001.

[8] Ortega, 1998.

[9] Casas, 1999

[10] Serret; en Casa, 1999.

[11] Basave. 2000: 1.

[12] Llanquileo, 1994

[13] Casas, 1999.

[14] Neira, 2001.

[15] Neira, 2001.

[16] Habermas; en Neira, 2001.

[17] Basave. 2000: 2.

 

[18] Ibíd.

[19] Deutchier, 1989; en Vargas, 2000.

[20] Vargas, 2000.

[21] Vargas, 2000.

[22] Casas, 1999

[23] Casas, 1999.

[24] Casas, 1999.

[25] Vargas, 2000.

[26] No se puede confundir el termino nación desde lo geopolítico, con la acepción que se esta utilizando aquí, que es desde lo cultural.

[27] Neira, 2001.

[28] Neira, 2001

[29] Neira, 2001.

[30] Neira, 2001.

[31] Neira, 2001.

[32] Neira, 2001.

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